Estas semanas son muy ajetreadas para el profesorado. No solo para los equipos directivos, inmersos en la organización del próximo curso, sino también para quienes cumplimos con las 25 horas lectivas. El agotamiento de dar clase hasta el último día —con un alumnado exhausto y sufriendo el calor, igual que nosotros—, sumado a las horas interminables de corrección y cierre de notas, a veces hace que solo queramos terminar, perdiendo el disfrute de aspectos fundamentales del final de curso.
Porque, si lo pensamos bien, el momento de recoger los registros de un alumno, ver su progreso y decidir manualmente su calificación definitiva es un instante hermoso. Al pensar en cada uno, piensas en lo que ha conseguido y cómo hacer ese redondeo. En ese momento no importa si tienes 150 o 300 estudiantes; todos han sido confiados a tus manos como educador y merecen ese tiempo de valoración.
No me he parado a pensar si la plataforma hace el redondeo automático; no me interesa. Me gusta pensar en cada uno de mis alumnos y dedicarles ese espacio. Me entristece que las correcciones y la burocracia nos hagan perder la ilusión en una parte tan crucial del proceso educativo. Por eso, tras 25 años en esta profesión, me siento profundamente agradecida de seguir disfrutando y dedicando este tiempo a cada uno de ellos, se lo merecen.